Skip Navigation LinksL/L Research Library Transcripts - Table of Contents 1981 - Español La Ley del Uno, Libro V, Fragmento 9 - Sesión 18, 4 de febrero de 1981
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Transcripciones de L/L Research

ACERCA DEL CONTENIDO DE ESTA TRANSCRIPCIÓN: Esta canalización telepática sintonizada se publicó originariamente como La ley del Uno, Libros I a V, por Don Elkins, James Allen McCarty y Carla L. Rueckert. Se facilita con la esperanza de que pueda serle útil. Al igual que las entidades de la Confederación siempre reiteran, le rogamos que aplique su juicio y su propio criterio al evaluar este material. Si algo le parece convincente, acéptelo; de lo contrario, descártelo, pues ni los miembros de la Confederación ni nosotros mismos desearíamos ser un escollo en el camino de nadie. (Traducción al español realizada por Pilar Royo.)

La Ley del Uno, Libro V, Fragmento 9

Sesión 18, 4 de febrero de 1981

Jim: Al comienzo de la sesión 18, en respuesta a una pregunta general que planteó Don relativa a la información que el contacto Ra transmitía a nuestro grupo, Ra «se chivó» inocentemente sobre algo que había hecho Carla. Un buen amigo suyo le había ofrecido la oportunidad de experimentar los efectos del LSD, que nunca había probado hasta entonces. Lo probó dos veces a comienzos de febrero de 1981, como un medio de programación para tratar de alcanzar una experiencia de unidad con el Creador, pero no quería que Don tuviera conocimiento de esas experiencias, pues sabía que él estaba totalmente en contra del uso de cualquier sustancia ilegal en cualquier momento, y especialmente durante el periodo en que nuestro grupo estaba trabajando con el contacto Ra. En una sesión posterior, Ra sugirió que esas dos experiencias habían sido dispuestas por entidades negativas que hacían un seguimiento de nuestro trabajo con Ra, con la esperanza de que la capacidad de Carla de servir a ese contacto pudiera verse entorpecida. Como resultado de esta sesión particular, los tres decidimos que no volveríamos a hacer uso de ninguna sustancia ilegal mientras tuviéramos el privilegio de trabajar con el contacto Ra, de forma que no pudiera aparecer ninguna fisura en nuestra «armadura de luz» que tuviéramos que subsanar, y para que el contacto Ra no se viera nunca asociado al uso de ningún tipo de droga.

La información sobre Aleister Crowley se explica por sí misma y subraya, una vez más, la cautela que debe ejercer todo buscador para ir avanzando de manera equilibrada a lo largo de sus centros energéticos.

Por casualidad, unas sesiones antes habíamos descubierto que las relaciones sexuales favorecían las energías vitales de Carla durante el estado de trance e incrementaban la duración de la sesión si se habían mantenido la noche anterior. Así, al finalizar la Sesión 18, cuando Don preguntó cómo podríamos evitar mayores dificultades en el contacto, Ra confirmó esa ayuda que habíamos descubierto que proporcionaba la relación sexual. Descubrimos también que dedicarla conscientemente al servicio al prójimo a través del contacto Ra incrementaba sus efectos beneficiosos.

Carla: Cuando era una joven universitaria, nunca me reuní ni pasé mi tiempo con alguien que fumara marihuana o consumiera LSD, ni ninguna otra droga. Las personas que me rodeaban experimentaban con ello, pero a mí nunca me ofrecieron probarlo. Era la época de los jóvenes de las flores y los altos ideales, una época maravillosa en la que ser joven. Los hippies reinaban, pero yo era solamente una representante honoraria de ese movimiento, pues estuve trabajando a lo largo de toda esa década. En 1981, tenía 38 años. Cuando un viejo amigo me ofreció probar el LSD, me hizo gracia y me apeteció probarlo, pues durante mucho tiempo había sentido curiosidad por ver los efectos que esa sustancia tan popular producía en la mente. Durante la prueba disfruté profundamente de la experiencia —probé el LSD dos veces—, y me pareció que producía en mí el maravilloso efecto de acentuar el sentido de integridad de las cosas bajo una influencia benigna. Desde entonces, he escuchado de mucha gente que mis experiencias decididamente positivas con el LSD fueron más bien atípicas, pues la mayoría había sufrido al menos pequeñas alucinaciones, se había alejado de la realidad consensuada, o incluso había tenido una experiencia negativa, un «bajón» o un «mal viaje». Así que, o bien fui muy afortunada, o bien mi subconsciente estaba mejor asentado en su piel que el de otros. Pero prefiero pensar que simplemente tuve suerte.

Ni que decir tiene que no me gustó saber que Ra había desvelado alegremente mi secreto a Don. Por encima de todo, valoraba su opinión, y a él no le gustó nada saber que había probado sustancias ilegales. Pero no me sentí ni me siento culpable, ni tampoco me averguenzo por haber satisfecho mi curiosidad bajo circunstancias tan seguras como pude. He probado también cigarrillos y alcohol, ambas sustancias altamente adictivas, pero bebo muy raramente y nunca fumo (sin embargo, en la cocina, empleo muchos licores, pues suelen aportar deliciosos aromas cuando se añaden a la armonía de los alimentos cocinados). Una vez satisfecha mi curiosidad, seguí adelante. La libertad para hacer esto, para saber lo que hay ahí afuera, es valiosa para mí, si no se abusa de ello. La moderación parece ser la clave.

Guardo muy buenos recuerdos de cuando le leí a Don la autobiografía de Aleister Crowley. A él no le gustaba leer, por lo que yo le leía frecuentemente. Una vez que nos adentramos en la obra de este hombre extravagante y brillante, nos fascinó. Crowley era un buen escritor, con independencia de lo que su polaridad le hubiera llevado a tantear. Nuestro poema favorito era una rima perfectamente morbosa que escribió cuando era un niño precoz. Comienza diciendo: «Sobre su cama de hospital ella yace, pudriéndose, pudriéndose, pudriéndose día y noche, pudriéndose una y otra vez». Dicho esto, quizá el lector vea por qué este personaje se convirtió en un… excéntrico, aunque siempre interesante.

En mi afán por adaptarme a las exigencias de la vida en pareja con Don, me hice adepta del relativismo ético, una práctica que parece siempre proponer nuevos retos. Don deseaba permanecer célibe y en continencia, lo que se me hizo obvio a los seis meses de nuestra unión, en 1968. Siempre he dicho que su incapacidad para oponerme resistencia durante aquellos primeros meses de vida en común ha sido el mayor halago que he recibido jamás. Tras debatir esa cuestión entre nosotros, intenté llevar yo también una vida de continencia durante algo más de dos años, antes de llegar a la conclusión de que no estaba hecha para eso. Don decidió también que no debíamos casarnos. Esto implicaba, para mí, una relación basada en una comunión metafísica antes que física. Siempre lógica, le sugerí a Don un acuerdo: le avisaría antes de entablar relación con un amante, y también cuando lo dejara. Entre tanto, no era necesario discutir el tema. Eso evitaría que llegara a sus oídos por terceras personas. Como estaba en vuelo la mitad del tiempo, no me era difícil encontrar el momento para las relaciones amorosas. Mi amante durante la mayor parte del tiempo que Don y yo estuvimos juntos (diez de los dieciséis años), fue uno de mis mejores amigos, muy leal, que conocía desde la universidad. Habíamos pensado en casarnos anteriormente, y después descartamos esa idea, pero mantuvimos una estrecha relación. Acordó venir a verme alrededor de una vez al mes, pero puse fin a nuestros encuentros cuando comenzó a desear que nuestra relación llegara más lejos, y de nuevo guardé continencia durante prácticamente cuatro años, antes de conocer a Jim. Cuando Jim comenzó a asistir al grupo, finalmente nos unimos más y se convirtió en mi amante. Todo esto ocurrió en mutua buena fe entre Donald y yo. Él se sentía verdaderamente feliz de que yo tuviera estas relaciones, que no destruían nuestra armonía.

Sin embargo, con el tiempo y tras la muerte de Donald, llegué a la conclusión de que mi relación con Jim, especialmente en su aspecto de relación sexual, martirizó a Don a un nivel superior al del umbral de su conciencia, o de la mía. Dudo de si alguna vez reconoció esa emoción, o si se dio cuenta de ella. Ciertamente, nunca percibí ningún indicio de ello, y soy una persona perceptiva, capaz de captar los matices de las emociones. Pero él debió sentir esas cosas, y ello le llevó, finalmente, a perder la fe en mi lealtad. Y aquella duda totalmente errada fue la fisura en su armadura de luz, lo que finalmente provocó su muerte.

Muchas son las horas que he pasado reflexionando sobre esta cuestión. Por una parte, si me hubiera mantenido completamente casta y célibe, él nunca hubiera dudado de mí. Seguiría vivo, y conmigo. Pero no hubiéramos tenido el contacto con Ra que nos proporcionó el material de la Ley del Uno, porque fue la energía combinada de nosotros tres lo que hizo contacto con Ra, no únicamente yo como canal, o ninguno de nosotros como L/L Research, o incluso L/L Research como entidad. Las fechas lo ponen de manifiesto: Jim llegó a L/L de forma permanente el 23 de diciembre de 1980, y recibimos nuestro primer contacto con Ra el 15 de enero de 1981, menos de tres semanas después de su llegada. Y Donald sintió desde la primera sesión con Ra que ese era el trabajo de su vida, la culminación de todo lo que había emprendido desde los años cincuenta, y su regalo al mundo. La lógica no es suficiente en situaciones como esa. Se puede total y fielmente respetar los acuerdos que se han hecho y, aun así, errar.

Cuando es posible sobreponerse a la mítica tragedia de la dramática muerte de Donald, y por increíble que parezca, es posible después de una década o algo más, comienza apenas a percibirse el humor inherente a esa afirmación humana y vanidosa de que puede controlarse el destino haciendo solamente aquello que se considera correcto. Ciertamente, puede intentarse no cometer un error ni pecar. Mi propia presunción de ser alguien que mantiene siempre su palabra me impidió ver las sospechas que acechaban a Donald, pero que guardaba completamente para sí. Su falta de fe en toda opinión que no fuera la suya propia, incluso cuando estaba plenamente cabal, acabó por exponerle a la paranoya cuando perdió totalmente la razón. Es una enorme tragedia.

Lo único que Don deseaba en todo momento era mi presencia. Nunca pidió nada más, con la excepción del trabajo que hacíamos juntos. Incluso me reprochaba el tiempo que pasaba trabajando en sus propios proyectos cuando estaba en casa. Yo me ocupaba de todo el trabajo para los libros que escribíamos mientras estaba de vuelo. Cuando él estaba en casa, mi trabajo consistía en permanecer en la misma estancia en la que estaba él, cosa que a mí me encantaba. Nunca fue capaz de expresarlo, pero yo sabía lo dedicado que estaba a mí, y yo sentía por él lo mismo. Teníamos poco donde escoger; ambos sentíamos que nuestro destino era estar juntos, que estaba realmente escrito en las estrellas. Amarle era como respirar, y poco importaba si sus exigencias se sobreponían a las mías. De hecho, mi consejero espiritual llegó a afirmar en más de una ocasión que mi pecado era la idolatría. Poco me importaba lo que debía perder para asegurar su comodidad. Sabía que estas pérdidas incluían el matrimonio, un hogar y niños, cosas que tenía en gran estima y que anhelaba. Pero éramos cada uno el «hogar» del otro de una manera que me resulta imposible de describir. Él se apoyaba en mí, y yo en él. Recibí dos cumplidos de él en toda nuestra vida juntos. ¡No quería malcriarme demasiado! Las lecciones consistían en saber ver más allá de las cuestiones del hogar, la familia y la tranquilidad, hasta la existencia que compartíamos, la sensibilidad que teníamos en común. Para mí eran bienvenidas. Él valía cualquier precio que aquello pudiera costar. Cuando echo la vista atrás, sé que no cambiaría nada: hicimos todas nuestras elecciones de la mejor manera que pudimos.

Ese era el rompecabezas con el que estábamos viviendo, la realidad consensuada y dramática, el folletín mundano de nuestra vida cotidiana. Carla y Don trabajaron a la perfección, como también Jim y Carla, y Don y Jim, que se amaron como si fueran familia desde el momento en que se conocieron. Estas relaciones eran sólidas y verdaderas. Nada hubiera podido inmiscuirse en nuestra relación, salvo la duda. Nunca se me ocurrió que Donald pudiera confundir mi cariño por Jim con cualquier forma de alteración de mi versión, ni de la de Don, de nuestro «no matrimonio»: verdaderamente estábamos casados, en espíritu. Es posible imaginar mi angustia cuando uno de sus amigos me dijo, tiempo después del funeral, que Don pensaba que yo ya no estaba enamorada de él. Me quedé atónita, era completamente inconsciente de esas dudas, así que nunca se me ocurrió reconfortarle. ¡Como quisiera haberlo hecho! Pero estaba en duelo, pues el hombre que conocía había desaparecido, y quien ocupó su lugar era una persona que necesitaba ayuda a toda costa. Yo estaba encolerizada porque no había querido buscar ayuda, y ni siquiera seguía las recomendaciones médicas. Él era mi mundo, y sin él, sentía que yo no existía. Creo que mi duelo comenzó antes de su muerte, en aquellos meses surrealistas en que estuvo tan enfermo pero todo lo que yo hacía era inútil. Tras su muerte, me llevó años hallar un nuevo sentido a mi existencia. Que lo haya conseguido en el momento actual es un don de la gracia del Creador, y sin duda me ayudó mucho el tierno trato que recibí de Jim durante los largos años de enclaustramiento debidos a los episodios debilitantes de la artritis y a otras complicaciones surgidas en la década que siguió a la muerte de Don, y durante mi periodo de rehabilitación en 1992. Durante los primeros seis años tras la muerte de Don, realmente pensaba que debía suicidarme, pues yo había «causado» su muerte, sin advertirlo, pero certeramente. Aquel fue mi más largo recorrido por el desierto hasta el momento actual. Me había resignado a mantener ese estado de ánimo por el resto de mis días, pero no me daba cuenta de que el tiempo había comenzado su trabajo de sanación hasta que tropecé con algo que yo misma había escrito y que ya había olvidado. Lo volví a leer de nuevo, y pensé: «¿Sabes?, me gusta esta persona». ¡Seis años en el desierto! En muchas ocasiones tuve la tentación de dejar atrás mi fe, pero no pude, ni quería hacerlo. Así que sobreviví, y esperé la gracia. La lección que se esconde aquí es, sencillamente, que esperar es precisamente lo que trae todas las cosas. La paciencia no tiene precio en el viaje espiritual.

Este mundo sigue siendo para mí un mar de confusión. Sabiendo como sé lo mucho que me he equivocado en lo que he hecho y en lo que he dejado de hacer, sabiendo lo poco que comprendo, me siento satisfecha con permanecer en las manos del destino. Uno de mis deseos al publicar este material personal es dejar al descubierto, sin ninguna modestia o temor, la plena naturaleza humana de nosotros tres. No éramos «dignos» del contacto Ra, en el sentido de ser personas perfectas. Éramos tres peregrinos que se hallaron cómodos mutuamente, y que pretendían honesta y profundamente servir a la luz. El material es algo totalmente aparte de lo que cada uno de nosotros era, o es, y no se nos debe confundir con Ra pensando que tenemos alguna característica superior. Ciertamente, no es ese el caso.

¿El relativismo ético es conveniente? Sigo pensando que lo es, y que el escrupuloso mantenimiento de los compromisos contraidos es verdaderamente la clave para un modo de vida armónico y el establecimiento de relaciones francas. Pero eso es todo lo que podemos hacer, y eso no basta para que las cosas sean perfectas. Además, no podemos esperar que el universo nos bendiga con la paz perfecta tan solo porque mantenemos nuestros compromisos. La vida nos coge a todos por sorpresa, y continuamos nuestro camino tan solo a costa de errores, de fe y del buen humor frente a todo lo que nos llega. Hay un arte en cooperar con el destino. Y quiero decir aquí que estoy agradecida a James Allen McCarty por ese buen humor, y por haber decidido conmigo, tres años después de la muerte de Don, afianzar nuestra amistad y establecer los lazos de nuestro matrimonio. No estaba preparado para ello, como he dicho, y su gallardo entusiasmo y gentileza para adaptarse a ese papel han sido y contiúan siendo remarcables para mí. Verdaderamente, ha sido un buen compañero a lo largo de tantas singladuras.

Una cosa es segura: en el amor verdadero, el que está escrito en las estrellas, existe una dulzura increíble, pero también un dolor inmenso. Don era un hombre complicado de amar. No era comunicativo en el sentido usual de la palabra, nunca expresó lo que esperaba de mí, sino que simplemente dejaba que yo lo supusiera. No me importó, y todavía me complace cada pequeño dolor que tuve que soportar para tratar de ser como él precisaba que fuera; es decir, esencialmente carente de sexualidad o de palabras de aliento, aunque sí que teníamos gran intimidad. En la densidad de la que procedíamos, éramos ya uno, como dijo Ra. Había pues una satisfacción extrema en estar con Don, que tenía más que ver con la eternidad que con un tiempo o un espacio particular. Lo que Jim y yo teníamos y tenemos es el amor leal de viejos amigos y amantes que han hecho un peregrinaje terrestre juntos. Nuestra vida en común es un juego de niños, después de haber estado con Don, por lo que respecta a mi capacidad para manejar todo lo que nos ocurra. Jim siempre se comunica conmigo hasta que hallamos la causa más pequeña de cualquier malentendido, de forma que lo resolvemos con facilidad, y cuando tenemos un catalizador común se resuelve rápidamente. Jim nunca tuvo ese romance primordial, y ocasionalmente lo echa en falta. Pero lo que hemos construido es tan bueno que para nosotros es una fuente de felicidad considerable el estar y trabajar juntos.

Consideramos que seguimos trabajando con y para Don, manteniendo las puertas de L/L abiertas así como nuestros corazones, y viviendo la vida de devoción que hemos aprendido de las enseñanzas de la Confederación. Esas enseñanzas son una con la sabiduría universal y con mi herencia cristiana, y tienen que ver simplemente con vivir en el amor. Esta es una enseñanza tan simple que escapa a mucha gente. Pero esta focalización sobre el Amor permite acceder a la verdad, y la voluntad de mantener un corazón abierto, lo que puede llamarse fe, es la energía que nos lleva a todo lo que nos está destinado, tanto a las lecciones que debemos aprender como al servicio que tenemos que ofrecer.

Y sobre todo, podemos reconocer, de una vez por todas, que no somos sino polvo, a menos que estemos viviendo en el Amor. Esto ayuda a soportar las penas que inevitablemente llegan a nuestras vidas. No se supone que debamos tener el control, ni ser perfectos, ni nada en particular, sino ser solamente aquellos que continúan amando, a pesar de toda la confusión que nos rodea. La absoluta persistencia en la fe, con independencia de la ilusión, es la llave que abre la puerta a numerosas bendiciones.

Sesión 18, 4 de febrero de 1981

Interrogador: Anoche pensaba que si yo ahora mismo estuviera en el lugar de Ra, la primera distorsión de la Ley del Uno podría hacer que mezclara algunos datos erróneos con la información veraz que estuviera transmitiendo a este grupo. ¿Lo hacéis?

Ra: Soy Ra. No lo hacemos deliberadamente; sin embargo, va a haber confusión. Los errores que han ocurrido se deben a la variación ocasional del complejo vibratorio de este instrumento, motivados por la ingestión de una sustancia química. No tratamos en este proyecto particular de crear información errónea, sino de expresar en el entorno limitado del sistema de vuestro lenguaje el sentimiento del misterio infinito de la creación, en su unidad infinita e inteligente.

Interrogador: ¿Podéis decir qué sustancia química es la que cuando se ingiere perjudica el contacto?

Ra: Soy Ra. La pregunta no ha quedado clara. Por favor, volved a formularla.

Interrogador: Acabáis de decir que habéis tenido algunos problemas con el instrumento debido a que ha ingerido una sustancia química. ¿Podéis especificar qué sustancia es?

Ra: Soy Ra. El complejo vibratorio de sonido para la sustancia de la que hablamos es «LSD». No es que debilite el contacto si se consume al mismo tiempo que él; el problema de consumir esa sustancia particular es que se produce, digamos, una caída espectacular de sus efectos. En cada caso, este instrumento comenzó la sesión con la distorsión hacia una energía vital extrema, efecto característico de esa sustancia. Sin embargo, durante la sesión, esta entidad alcanzó el punto en que esa sustancia ya no tenía la fuerza suficiente para amplificar sus capacidades de expresar la energía vital. De esa manera, primero el fenómeno de un contacto inestable, por llamarlo así, y después una energía vital debilitada a medida que el instrumento volvía a depender de sus propios complejos vibratorios de energía vital, hicieron necesario cesar abruptamente la comunicación con el fin de preservar y cuidar al instrumento. Por los motivos que se han explicado, esa sustancia química particular favorece y perjudica al mismo tiempo estos contactos.

Interrogador: ¿Hay algún alimento que ayude o que perjudique al instrumento?

Ra: Soy Ra. Este instrumento posee una distorsión del complejo corporal hacia la enfermedad, que como mejor se corrige es mediante la ingestión de alimentos tales como vuestros cereales y legumbres, como los llamáis. No obstante, esto tiene muy poca importancia cuando su efecto beneficioso se considera equivalente a otros refuerzos, como la actitud, que este instrumento posee en abundancia. Sin embargo, ingerir los alimentos descritos anteriormente, así como la ingestión ocasional de carne, favorece que las energías vitales de este instrumento presenten menor distorsión hacia la enfermedad, vista su necesidad de disminuir las distorsiones hacia un bajo nivel de energía vital.

Interrogador: La entidad llamada Aleister Crowley escribió: «Haz lo que tú quieras será toda la ley». Obviamente, tenía cierta comprensión de la Ley del Uno. ¿Dónde está ahora esa entidad?

Ra: Soy Ra. Esa entidad está en vuestros planos interiores y atraviesa un proceso de sanación.

Interrogador: Esa entidad, aun habiendo comprendido intelectualmente la Ley del Uno, ¿hizo un mal uso de ella y por ello debe pasar por ese proceso de sanación?

Ra: Soy Ra. Esa entidad llegó a estar, si podemos decirlo así, excesivamente estimulada por la verdadera naturaleza de las cosas. Esa estimulación excesiva dio como resultado un comportamiento fuera de su control consciente. Así pues, esa entidad, en numerosos intentos por pasar por los procesos de equilibrado de los diversos centros que ya hemos descrito, que comienzan por el rayo rojo y van ascendiendo, pasó a estar demasiado alterada o atrapada en esos procesos, y se alienó del prójimo. Esa entidad era positiva. Sin embargo, su camino se dificultó por la incapacidad para utilizar, sintetizar y armonizar las comprensiones de los deseos del yo, de manera que pudiera compartirlos en plena compasión con el prójimo. Esa entidad enfermó gravemente, como podríamos decir, a nivel del complejo espiritual, y quienes presentan ese tipo de distorsión hacia el sufrimiento interior precisan recibir curación en los planos interiores hasta que son capaces de observar de nuevo las experiencias con ausencia de distorsión hacia el dolor.

Interrogador: Para finalizar tengo dos pequeñas preguntas. El instrumento desea saber si hay otras sustancias alimenticias, etc. que no debería comer o beber, o cosas que no debiera hacer, ya que no desea perjudicar el contacto por ninguna razón.

Ra: Soy Ra. No hay ninguna actividad en la que este instrumento participe que afecte negativamente a sus capacidades, pero sí hay una actividad que las mejora. Es la actividad sexual, como la llamáis. Por otra parte, no favorece a la entidad, en el servicio que ha escogido, la ingestión de sustancias como lo que llamáis «marihuana». Esto se debe a la distorsión hacia los lapsus químicos del complejo mental que provocan una discontinuidad sináptica, una reacción química de duración breve. Sin embargo, este instrumento no ha hecho uso de esa sustancia concreta en ningún momento mientras llevaba a cabo este servicio. Creemos que hemos cubierto el uso de tales agentes químicos como el LSD, que hasta cierto punto es positivo, debido a la dinamización o a la aceleración de las fuerzas vitales. Sin embargo, no se recomienda para este instrumento, debido a sus repercusiones sobre las energías vitales cuando se elimina la sustancia. Esto es aplicable a cualquier sustancia química estimulante.

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