Skip Navigation LinksL/L Research Library Transcripts - Table of Contents 1983 - Español La Ley del Uno, Libro V, Fragmento 53 - Sesión 103, 10 de junio de 1983
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Transcripciones de L/L Research

ACERCA DEL CONTENIDO DE ESTA TRANSCRIPCIÓN: Esta canalización telepática sintonizada se publicó originariamente como La ley del Uno, Libros I a V, por Don Elkins, James Allen McCarty y Carla L. Rueckert. Se facilita con la esperanza de que pueda serle útil. Al igual que las entidades de la Confederación siempre reiteran, le rogamos que aplique su juicio y su propio criterio al evaluar este material. Si algo le parece convincente, acéptelo; de lo contrario, descártelo, pues ni los miembros de la Confederación ni nosotros mismos desearíamos ser un escollo en el camino de nadie. (Traducción al español realizada por Pilar Royo.)

La Ley del Uno, Libro V, Fragmento 53

Sesión 103, 10 de junio de 1983

Jim: La información de la sesión 103 es relativa a los constantes espasmos que estaba sufriendo Carla en la región abdominal, que iban acompañados de grandes dolores y reducían cada vez más sus posibilidades de prestar cualquier tipo de servicio. Por ello se sentía incapaz, hasta que su alegría natural se redujo y fue el centro de esta serie de preguntas. Además, Carla había decidido dejar de comprarse ropa durante todo un año, porque pensaba que había dedicado demasiado tiempo y atención a una parte transitoria de su vida y quería romper con ese hábito, y esa decisión también contribuyó a la pérdida de su alegría.

Carla: En junio de 1983, Don y Luther, nuestro arrendador y propietario de la casa en la que habíamos estado viviendo durante todas las sesiones con Ra, se enzarzaron en una discusión sin salida. En mitad de las negociaciones, Luther aumentó arbitrariamente el precio solicitado en 5.000 dólares, y Don rechazaba de plano comprar la casa si Luther no se mantenía en su precio original; ninguno daba su brazo a torcer. En ese momento, yo intentaba recuperar el ingreso que había efectuado Don como señal, pues Luther no quiso devolverlo cuando supo que habíamos decidido no comprar la casa. Su opinión era que de tomos modos le pertenecía. Luther no fue una ayuda para nosotros. Finalmente, tuve que acordar, bastante tiempo después de la muerte de Don, que se quedara con más de la mitad de esa cantidad; en realidad, no parecía importar lo que fuera más justo. Hubo también mayor confusión porque nuestro abogado no había preparado la documentación necesaria en los trámites para la adquisición de la casa. Yo no quería llegar a juicio, pues pensaba que Don no lo hubiera hecho y con ello no se resolvería nada; todo parecía como si estuviéramos empantanados. Tal fue el tipo de energía desconcertante que nos había invadido. Nada parecía funcionar bien, incluyéndome a mí. Don también se sentía mal, pero de una forma más vaga y generalizada. El único que recuperaba su salud día a día era Jim.

Me preocupaba Don sin saber muy bien por qué. En ese punto de su enfermedad mental, las cosas eran sutiles. Sencillamente, se sentía muy decaído, y tenía inclinación a reflexionar y a prepararse para los escenarios más pesimistas. Aunque durante toda su vida había sido siempre muy cuidadoso y precavido para todo, las cosas estaban cambiando, y sus reacciones normales no solían ser tan lentas. Teníamos que cambiar de casa, pero mes tras mes, buscando sin descanso aquí y en Atlanta, no encontrábamos nada que agradara a Don. Diría que ese periodo fue también cuando comencé a comprender que algo iba verdaderamente mal. Como siempre teníamos costumbre, reaccioné al sentimiento de preocupación solicitando ayuda y comunicándome, a lo que Don respondió volviéndose cada vez más reservado. Solo se mantenía firme en un punto: nada de lo que hallábamos estaba situado en el lugar idóneo.

En esa atmósfera, todos nos sentíamos incómodos y nerviosos. Cuando estoy preocupada, tengo la tendencia a no parar de hacer cosas, así que todos los informes estaban en orden. Daba mis paseos, me tomaba mi tiempo con los baños de hidromasaje y trataba de mantener la esperanza. Me sentía constantemente algo irritada con Don, pues no podía entender por qué rechazaba sistemáticamente todas las casas que encontrábamos en los tablones de anuncios o por la calle. Parecía estar dando largas al asunto sin ninguna razón. Don nunca fue un hombre que dijera por qué hacía esto o aquello; simplemente, decía «no», y esa no era la solución. Al echar la vista atrás, puedo decir que en ese momento me di cuenta de que ya no manteníamos los pies sobre la tierra, ni Don ni yo.

Mi dependencia de él era enorme. Siempre había sido una persona muy independiente, y tuve que aprender a dejarme llevar en todo, excepto en lo que Don esperaba de mí. Y él necesitaba que todas mis elecciones giraran a su alrededor. Quería que yo estuviera en casa, y allí contaba conmigo para hacer cariñosa y gustosamente todo lo que él decidía. En realidad nunca me preguntó, y aunque eso suena muy intransigente, no era en verdad lo que él pretendía. Sencillamente, no consultaba nada con nadie. Nunca lo hizo. Y su opinión sobre las mujeres era tan negativa que yo necesariamente tenía que ser algo mejor. Rápidamente me formé la opinión de que cuando mis ideas no recibían ningún tipo de comentario, era porque esa idea era la correcta. Me llevó al menos los seis primeros años de nuestra relación darme cuenta de que no importaba la ocupación que fuera, no debía jamás aceptar un trabajo que me tuviera alejada de él, aunque lo realizara en mi propio escritorio. Incluso me impedía que trabajara en nuestros proyectos, muchas veces, cuando él estaba en casa. «Cuando yo no trabajo, tú tampoco trabajas», solía decir. Así que dejaba en sus manos la mayor parte de mis decisiones. Claro que yo era consciente del aspecto insano de esa relación; sin embargo, pensaba y sigo pensando que Don hacía como mejor podía en materia de relaciones. Y eso era suficiente para mí. En todo lo que le concernía, yo estaba siempre preparada para hacer lo que él necesitaba: eso es todo.

Y en aquella época, con mi salud en riesgo y deseando realizar nuevas sesiones, no se me «permitía» hacer gran cosa, aparte de seguir con mi régimen y tratar de mantener mi peso al menos por encima de los 40 kilos. Me encontraba totalmente sumida en ese modelo de vida, pues lo que más me importaba desde el principio era ver a Donald realmente feliz, como solo le hacía el contacto con Ra. Por lo tanto, todos nuestros esfuerzos tenían ese único objetivo: mantener otra sesión.

Sin embargo, de la mano de mi dependencia iba siempre su voluntad de dirigir nuestro camino, de manera persistente. Yo me sentía cómoda dejándole a él las riendas y haciendo lo que él decía, pues era mucho más sabio de lo que yo seré jamás. Cuando dejaba de dar órdenes y parecía que no sabía qué hacer, yo me sentía perdida. Mi misión entonces consistía en descubrir lo que él quería hacer, y hacerlo. Pero con la cuestión de la mudanza, nos adentrábamos en un terreno en el que yo tenía todas las de perder: ninguna casa, ningún piso era aceptable. No me extraña que perdiera mi alegría habitual. Me sentía totalmente desconcertada. Mi sentido de la realidad había quedado comprometido.

Los comentarios sobre el vestuario tienen que ver con una faceta de mi personalidad de la que no me siento muy orgullosa, pero que me es propia: me encanta estrenar un nuevo vestido, un par de calcetines o cualquier otra cosa que me guste. En mi infancia tuve muy pocos vestidos bonitos, pues la situación económica de la familia no era muy boyante. Cuando ya fui adulta y mi madre comenzó su carrera como psicóloga, emprendimos la costumbre de ir a comer juntas los sábados para después salir de compras, y esa costumbre perduró hasta su muerte, en 1991. Solía encontrar cosas maravillosas con ella, una compradora estupenda que buscaba entre grandes montones de rebajas y gangas con la paciencia de una arqueóloga: tenía un don especial para encontrar las buenas marcas a precio de saldo. Todavía hoy, cuando puedo, voy a la caza de unas buenas rebajas, y me sigue encantando poder estrenar algo.

Mantuve la promesa que me hice a mí misma, y no me compré ropa durante un año entero. Sin embargo, hice un poco de trampa, pues compré cosas para mi madre, y ella compró cosas para mí. ¡Pero aun así puedo decir que cumplí mi promesa!

Sesión 103, 10 de junio de 1983

Interrogador: El instrumento pregunta por qué ha perdido su alegría recientemente. ¿Puede comentarlo Ra?

Ra: Soy Ra. El instrumento ha tomado libremente la decisión de no ocuparse del catalizador físico que le provoca grandes dolores, rechazando el compuesto químico alopático prescrito, del que estaba seguro que sería eficaz dada la confianza que tiene en las sugerencias de Ra. Por eso, el catalizador ha actuado bajo una forma más completa. El servicio exterior al prójimo se ha tornado casi imposible, lo que ha tenido como resultado que la entidad experimentara de nuevo la elección del martirio; esto es, dar valor a una acción fatal y morir, o dar valor a la conciencia de la creación del Creador y, por lo tanto, vivir. El instrumento, a través de la voluntad, escogió este último camino. Sin embargo, la mente y las distorsiones mentales/emocionales no han dado a esa decisión el apoyo necesario para mantener el estado de unidad que vive normalmente esta entidad desde el inicio de su encarnación.

Puesto que este catalizador ha sido aceptado, el trabajo iniciado para eliminar las distorsiones que bloquean el rayo índigo puede continuar sin demora.

Interrogador: ¿Podría Ra recomendar un trabajo apropiado para la eliminación del bloqueo del rayo índigo?

Ra: Soy Ra. No podemos dar una recomendación general, pues cada caso de vórtice de distorsión es único. En esta confluencia particular, el trabajo más apropiado consiste en los poderes mentales/emocionales del análisis y de la observación. Cuando las partes más fuertes y menos distorsionadas del complejo reciban apoyo, entonces se reforzarán sus partes más débiles. Esta entidad ha trabajado durante mucho tiempo con este catalizador. No obstante, esta es la primera vez que se han rechazado los medicamentos para aliviar el dolor que agudiza el catalizador.

Interrogador: ¿Puede Ra recomendar algo que el instrumento o nosotros podamos hacer para mejorar cualquiera de sus energías?

Ra: Soy Ra. Esa cuestión se ha tratado anteriormente. Hemos descrito la vía de pensamiento que el instrumento puede emprender.

Interrogador: No era mi intención volver a una cuestión que se ha tratado ya. Esperaba añadir algo que pudiéramos hacer específicamente en este momento, lo que el instrumento o nosotros mejor podamos hacer para reforzar estas energías, la actividad más importante.

Ra: Soy Ra. Antes de responder, os pedimos vigilancia durante las crisis de dolor, pues el canal es aceptable, pero se distorsiona periódicamente por las graves distorsiones físicas del cuerpo del rayo amarillo del instrumento.

Los elementos importantes para el grupo de apoyo son la oración y la gratitud en armonía, que ha conseguido hasta tal nivel de aceptabilidad que no vamos a ponerle reparos. En cuanto al instrumento, el trayecto del mérito en la acción al mérito en la esencia es arduo. La entidad se ha negado a sí misma con el fin de librarse de lo que llama «adicción». Este tipo de martirio, y nos referimos aquí al pequeño pero simbólicamente gran sacrificio en relación con las prendas de vestir, hace que la entidad se encuadre en un yo de pobreza que alimenta la falta de mérito, a menos que la pobreza sea vista como una verdadera riqueza. En otras palabras, las buenas acciones llevadas a cabo por razones erróneas provocan confusión y distorsión. Animamos al instrumento a valorarse y a considerar que el yo valore sus verdaderas necesidades. Sugerimos la contemplación de la verdadera riqueza de ser.

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